Por: Ronnald Rojas
Llevo años tratando de llevar una vida normal. Vivir el día a día sin tener que estar improvisando al ritmo de un destino incierto. Vivir corriendo tras la sombra de una llama que se disipa lenta e intermitentemente a los lejos.
Me cansé de vivir aferrado a eso que llamamos esperanza. Por eso me volví un odioso crítico que prefiere ser realista y enfrentar las pandemias de la ignorancia. Jamás seré un fanático de la basura.
Sin penas no hay paraíso. No me gustan las cosas gratis, prefiero ir tras mis metas aunque sea una ardua faena. Hace mucho tiempo comprendí que lograr tus propias metas es como intentar ir a unas olimpiadas donde malos y buenos estamos todos revueltos.
Nunca sabes quién o qué te hará trampa. Quién o qué te levantará si te caes o quién o qué te dejará botado en medio de la vía para que no alcances eso por lo que tanto has luchado. Lo cierto es que no existen ni tan buenos amigos ni tan malos amigos, en vez de eso conviene pensar y creer que somos portadores de grandes defectos y que la confianza tiene y debe tener límites.
Y quisiera poder entender con lucidez las razones que cada persona tenga para estirar sus manos hacia cualquier salvavidas, no juzgar acciones desde mi lógica sino por justificación humana. Se que hay personas que optan por irse al camino del mal y luego les va bien, será eso lo que llaman ironías de la vida.
Me disculpan, pero hay días en que simplemente me pongo a escribir sin prestar mucha atención a mis defectos y pensando en ese coctel de vivencias que nos antoja, que nos obliga a recordar buenos y malos momentos.
Si no es la edad la que nos causa este tipo de derroche emocional, entonces no se qué coño es. Esto es lo que nos tocó a muchos venezolanos. Cada año que pasa comprendo más el dolor de millones de víctimas del chavismo. Y todo parece indicar que el mal siempre predomina por encima de lo bueno.
Yo digo estas cosas por mí. Desconozco a quien le cae el peso de esta reflexión, pero mi razonamiento lógico me dice que estos son tiempos difíciles para la mayoría de nosotros.
Tanto para los que continúan su vida en Venezuela como para los que andamos trabajando en los grandes negocios de la venta de café, caramelos y comidas ambulantes en el extranjero. (Si no entendieron el sarcasmo, me perdonan).
La vida jamás vuelve a ser la misma después de que te exilian de tu país. Sientes ese sentimiento de pena y tristeza de ver cómo te robaron esa parte de ti que se refugia en la esperanza de volver a ver las cosas tal cual como la has dejado.
La vida para nosotros los que vivimos en estos cagaderos de países latinos no es nada fácil. Hay que luchar contra toda forma de corrupción y aprender a convivir con delincuentes, a ver y callar, a volvernos testigos del racismo, a escuchar los disparos que salen de las armas de nuestros propios gobiernos y voltear la cara como si nada hubiera pasado.
Se supone que uno vive una vida planificada porque ese es nuestro más mínimo derecho. Se supone que las condiciones para sentirnos tranquilos las provee la sociedad, las regula y controla nuestro gobierno en virtud de hacer cumplir bien su trabajo.
En vez de eso la sociedad en sí es un desastre y los gobiernos imperan bajo modelos de izquierda y derecha arrastrando a sus pueblos a vivir en la precariedad, perpetuando la pobreza, haciendo infinita la sumisión del hombre por el hombre.
Muchos venezolanos nos preguntamos qué estaremos pagando con tanto sufrimiento y con tantas carencias. Creo que el pecado y castigo es nacer en estos cagaderos latinos, donde las sociedades llevan siglos estancadas en la ignorancia.
De aquí no salimos a no ser que mejoremos considerablemente y en una magnitud sensacionalista nuestros sistemas educativos. Podemos reducir a niveles tolerables la corrupción y los males sociales propios de la administración estatal retrograda que nos arropa si logramos poner en marcha nuevos esquemas educativos, donde cada quien tenga la masa gris activa para aprender, donde el valor de las cosas genere una visión cosmopolita de nuestro ser por encima de las imposiciones morales, políticas y religiosas.
Mientras eso no suceda, seguiremos pegados al suelo devorándonos unos a otros como lobos hambrientos que se mueven bajo los tirantes que el titiritero mueve para disfrutar bien su show.
¡Hasta pronto!

