Por: Ronnald Rojas
Lo voy a certificar; después de los 40 y uno ve hacia atrás comienza a entender muchas cosas. A mí me está pasando. Y no lo digo porque me encuentre preso en la crisis de los 40, sino porque en definitiva cuando uno se detiene a mirar el odómetro se detiene a contar todo el kilometraje que ha rodado.
¡Como ha pasado el tiempo!
Ya comienzo a extrañar algunas cosas. Extraño gente, extraño días, extraño momentos. Comienzo a extrañarme a mí mismo. Creo que lo que más extraño de mi es la paciencia. Antes me tomaba las cosas menos en serio.
A esta edad, es cuando recién siento miedo. Miedo de perder lo que tengo. Miedo de perder a mi madre, a mi padre lo perdí hace un año. Miedo de perder a mis hijos, aunque siempre estén conmigo. Y ese miedo se hace palpable, con o sin justificación supongo que no hay más remedio que aprender a vivir con él. El miedo es parte de la vida.
Pienso a diario sobre qué cosa es el destino y dónde habré de estar en unos pocos años más. Todo me parece incierto, absurdo e ineludible. Por más que intento serpentear todas estas emociones, termino siempre en el mismo punto. El tiempo es inexorable, insaciable y remotamente inaccesible desde los rincones de lo incierto.
Algún día llegaré a casa y alguien muy querido no estará. Quedará allí su vació como sombra de presencia. Quedará su olor recordándome lo transitorio de la vida. Pero algún día ya no estaré yo. Y ese día, alguien también sentirá mi ausencia.
Llevo mucho tiempo soñando despierto. Creyendo en ideas que cada vez encuentro más lejanas de materializar. Sobre todo un país cuyo esqueleto yace recalcitrante en las orillas de algún tipo distante de esperanza.
Y de repente, cuando ya estoy por rendirme, recuerdo esa afirmación de Benedetti que atina a la perfección dentro de estos sentimientos: “No te rindas aunque el miedo muerda”…Entonces doy la vuelta y comienzo de nuevo. Acepto el nuevo ciclo como un reto imperdible.
Los 40 son el punto de partida donde muchas emociones se juntan y explotan en tu cerebro como esperando un milagro, por cierto, un milagro que sucede día a día frente a nuestros ojos sin darnos cuenta, la vida.
Qué diablos podría importar más para nosotros que la vida misma, y eso es precisamente lo que nos sucede, lenta y rápidamente, y que para muchas personas significa todo, pero para otras no.
Uno vive diariamente en una distracción constante, lejos de las esquinas donde se reúnen y mezclan la lógica y la razón. Ya pasado los 40 uno bracea hacia nuevos caminos, enfrentando escenarios donde la salud demuestra quién gobierna, cayendo también en los reproches de gente sin contextura moral.
Esta es la edad donde se refunda la vida y uno entiende que el camino es corto, donde la serenidad sustituye el exceso de adrenalina por precaución, apagando las ganas de correr, pero manteniendo viva la chispa de conquistar más al tiempo que a uno mismo (a).
Así que, marcando esta fecha 31 de diciembre, se me dio por escribir unas últimas líneas del año dedicadas al tiempo. Lo certifico, podemos ser capaces de construir imperios, pero el poder que tienen los años es muy superior.
Si han decidido construir nuevos sueños, recuerden no colocar muy alta las paredes, porque luego quizá tengan que trepar y a cierta edad definitivamente uno no corre igual.
Sueñen, pero vivan. Planifiquen, pero no se olviden de vivir.
¡Feliz año 2023!
