Por; Ronnald Rojas
Me
tomó muchos años entender que no fui malo en los deportes, simplemente
no tuve un buen entrenador. Mi rendimiento académico fue deficiente, y
reconozco que en parte fue por el peso de la carga emocional de aquellos
tiempos.
Soy testigo de primera fila aprendiendo a evitar malos
ratos, razonando antes de actuar, conservando la distancia de emociones
y decisiones que aceleren destinos inciertos.
Hay muchas cosas
que desde niño nunca aprendí a hacer y que hoy bien pudieran servirme de
ayuda, quizás mi situación actual fuese diferente. Uno quiere ir y
venir por la vida cosechando éxitos pero muchas veces siembra en tierra
ajena y todo lo pierde.
El tiempo me está recordando que los
años son días yendo a una velocidad sorprendente. En un abrir y cerrar
de ojos se me cayó el pelo y me fui quedando sin manos amigas, sin
empleo y metido en una ruleta económica de la cual me cuesta mucho
salir.
Pude haberme rodeado de buenas personas, leales y
agradecidas, pero creo que siempre apunté en la dirección incorrecta.
Solo fui un trampolín para terceros.
Desde hace largo rato me
gusta escribir para crear un mundo paralelo en donde mis muertos puedan
existir de alguna manera. Mantener viva esta manía de colocar en letras
mis gustos y disgustos.
Me quedé pensando en lo fácil que
permitimos que los demás nos anulen. Debemos ser buenos para un montón
de cosas que jamás nos atrevimos a explorar sólo porque alguien nos dijo
que no servíamos para eso.
Una vez leí que somos más sinceros
cuando estamos iracundos que cuando estamos tranquilos. Y es cierto,
porque la sinceridad depende de un cóctel de emociones, gran parte de
ellas puestas en práctica por los buenos entendidos. Vivo en este país
pero no me siento para nada cómodo.
Últimamente la situación
política ha desviado mi atención, al punto de que sea visto como el gran
pesimista que escribe paja y paja. Por lo visto en tiempos de guerra es
mejor callar, ponerse la mochila en la espalda y seguir la flecha.
Como
dice el dicho: “Cada quien coloca la pared contra la cual se va a
estrellar”. Y no se puede obligar a nadie a salir del cascarón de la
ignorancia. Cada quien decide cuanto tiempo va a vivir con cadenas.
Lo
cierto es que los años se están marchando a un ritmo imposible de
alcanzar y poco a poco la luz se va apagando para todos. Muchos quedamos
presos entre las añoranzas del pasado y la incertidumbre del presente.
¡Hasta pronto!
