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viernes, 29 de julio de 2022

Tragedia venezolana

 

Por; Ronnald Rojas

 

Hay quienes me preguntan si no me canso de escribir tanta paja, a lo cual tengo que ser tajante y responder NO. Simplemente no me da la gana de pensar distinto, no puedo ni deseo hacerlo, porque la realidad que yo percibo sobre lo que está pasando en Venezuela no es algo que lo leí en un folleto, está a la vista de mis ojos, está en mis bolsillos, sobre todo en el sufrimiento de haber sido víctima de la impunidad en varias ocasiones, por lo tanto, si para quienes piensan que criticar lo que no se hace bien es hablar paja, entonces que tilden como quieran.

Yo nací en un país muy distinto, en una Venezuela que brillaba ante el mundo, y a pesar de que haya habido eventos criticables y errores, aquí vivíamos todos en paz, sin agresiones por color de partido político. Yo nací en la Venezuela democrática, en la que la corrupción se quedaba en una cúpula del gobierno, y no como la que arropa a todos los poderes públicos actualmente.

Esto tampoco lo leí ni me lo dijeron, lo viví, lo observe, y no tiene nadie que contármelo. Ni mucho menos me lo metió en el cerebro ningún Imperio, tampoco lo resumiré o lo escribiré como si fuese un guion chavista. Fuimos una patria en desarrollo, pero nos quedamos en la semilla, el socialismo puede bien dar fe de ello.

Tampoco escribo versos, no soy poeta, simplemente escribo porque para mí es un trabajo interminable decir lo que pienso, guste a quien le guste. A mi ningún poder humano me hará cambiar de opinión sobre el chavismo; lo detesto y lo rechazaré hasta el fin de mi existencia.

Es una aberración comparar gobiernos pasados, que fueron democráticos, con el aborto que nos ha tocado vivir los últimos tiempos. Nunca habíamos tenido tantas necesidades juntas en este país. Nunca la consigna fue ponerle velas a los santos ni esperar las predicciones de sabios o adivinos para que algún gobernante dejará el poder, simplemente las elecciones le abrían camino al siguiente, y aunque bueno, malo o peor, aquí seguíamos respirando tranquilidad.

Cambiamos lo bueno por lo malo, y lo malo por lo peor. Ya no se qué nombre ponerle a esta tragedia, ni como le explicaré a mis hijos porque nació en esta patria socialista de sangre, impunidad y hambruna. ¿Cómo explicarle a mis hijos que en la Venezuela que nació el campesino es el malo y el delincuente es el bueno? Insisto, si esto que digo es pura paja, lo mejor es que cada quien busque lectura de su agrado y problema resuelto. Pero no me arrodillaré a lamer las botas del tirano.

Para mí no es suficiente ahogarme de optimismo al pensar que mis hijos van a dibujar algo bonito de su infancia si al paso de los años seguimos viviendo en este país de garantías constitucionales sesgadas y serviles. Desgraciadamente para ellos, nacieron durante la peor crisis, en un escenario que pinta llagas en la moral, que desahucia de impotencia a quienes anhelamos aquel país sin delincuentes, sin fuerzas armadas cobardes, traicioneras y podridas. Mis hijos ya llevan en sus hombros una responsabilidad de vida o muerte; aceptar su realidad y vivir como mendigos en este modelo político mediocre, odiando a sus semejantes para proteger a su verdugo.

Duele o no a quienes todavía, por pereza, masoquismo o pena moral siguen empeñados en apoyar la sinvergüencería y las desgracias, aquí lo único cierto es que el descontento popular crece y es una realidad. Los malestares de la crisis deterioran a paso acelerado la calidad de vida del venezolano, y cada día se hace más difícil algo tan necesario como comer. Las campanas están sonando, los saqueos y el abuso de poder están a la orden del día, mientras allá en Miraflores sus voceros escriben historia de vaqueros y confabulaciones de guerras y golpes de estado imaginarios, siempre en la búsqueda de esconder tanta miseria.

Ojalá que algún día llegue un gobierno que ponga orden en este país. Que mande a los militares a sus cuarteles a limpiar piso, a sembrar alimentos, que los ponga a producir. Yo espero que ante un eventual cambio de gobierno se elimine tanta impunidad. Hace falta orden y sobriedad, leyes que se cumplan y castigo severo para el delincuente. Necesitamos tranquilidad, necesitamos la paz. 

 


 

jueves, 28 de julio de 2022

El reeencuentro

 Por: Ronnald Rojas

Estuve viviendo en Perú en los últimos 32 meses, algunos de ustedes lo sabían, otros no. Regresé a Venezuela por múltiples razones y con las maletas llenas de muchas emociones, cansado pero con las mejores intenciones de hacer y dar lo mejor de mí.

Tenía tiempo imaginándome en casa, en Venezuela, en mi país. No puedo mentir, extrañaba mucho mis raíces. Hasta este punto pueden tildarme de sentimental o cobarde, pero a mi edad es difícil vivir a medias, sin esa parte de ti que tiene historia, amigos, recuerdos e infinidad de huellas estampadas en mi ser.

Mi vida en Perú estuvo marcada por muchos episodios. Este fue mi segundo viaje al Perú, antes estuve por allá en el 2017. Y las circunstancias eran distintas. En aquel entonces Perú era diferente, sus personas eran amables, el país tenía una economía distinta, se veía y sentía una recepción hospitalaria, en fin, ni de cerca parecido a lo que es actualmente.

Esta experiencia fue dura. Mi primer año lo dediqué a vender arepas en una esquina céntrica de Huacho. Allí conocimos muchas personas y nos iba bien. Con esto de “bien” me refiero a que el nivel de ingresos era mucho mejor que trabajar bajo dependencia laboral por un salario mínimo.

El dinero rendía lo suficiente como para castigar los gastos de alquiler y manutención de mi familia. Las ventas se mantuvieron constantes por varios meses. No obstante como todo, la venta ambulatoria tiene sus altibajos, días buenos y días regulares. Pero tocaba que lidiar con la persecución y el acoso de las autoridades municipales anti comercio ambulatorio. Así vivíamos el día a día. Entre la incertidumbre de querer trabajar, que las ventas se mantuviesen y que nos dejaran trabajar.

Con un año de trabajo constante, año durante el cual se desató una ola de rechazo hacia la nacionalidad venezolana, ya las cosas cambiaron. Es muy desagradable sentir el frío del racismo. No se lo deseo a nadie y espero que algún día si es que este país cambia para bien, los venezolanos no volvamos el rechazo al extranjero una moda social.

Para colmo de males, llegó el COVID19. Al finalizar el año 2019 se materializó la pandemia y Perú fue un país bastante golpeado por este virus. Comenzaron las prohibiciones, la cuarentena y el toque de queda. Muchos negocios cerraron y quebraron. La supervivencia en medio de la pandemia se hizo viral y a millones de personas se nos vino el mundo encima.

Sin trabajo en un país extranjero es algo muy serio con lo que se tiene que lidiar. Por demás está que lo diga, pero a nadie le importó que millón de venezolanos quedará en el limbo. No hubo ayuda para los extranjeros, cada quien resuelva sus problemas.

Las ayudas quedaron sectorizadas y canalizas para los peruanos. Aprendí que en tiempos de crisis el egoísmo brota a flor de piel en las sociedades.

El gobierno peruano implementó la ayuda de asistencia económica a través de bonos a sus ciudadanos, por supuesto, ayuda que no llegó a todos los peruanos, algo típico en la política latina, pero que jamás tuvo la mínima intención de extender a los extranjeros. Esta medida fue aplaudida por los peruanos bajo el siguiente lema: “Primero los peruanos, segundo los peruanos y si es que queda algo, también para los peruanos”.

Estuve más de un año vendiendo golosinas en la calle. Sin temor a decirlo, porque a decir verdad el trabajo no deshonra, pero no era lo que yo tenía programado para mi vida. Y fueron los meses más agobiantes de mi vida. El nivel de ingresos cayó a niveles deprimentes y frustrantes, como para salir corriendo directo a tu país (No importa de dónde seas). Sobreviví a duras penas para poder regresar y encontrarme con una Venezuela desgreñaba e indigente.

Recuerdo que mi primer viaje al Perú, aunque no fue lo mejor, me dejó todavía una imagen positiva de ese país, por ese motivo programé una segunda temporada con la esperanza de poder corregir las fallas que cometí en mi primer viaje y así ganar terreno, progresar, salir adelante, tener una vida mucho más tranquila que en Venezuela y un nivel de tranquilidad con garantías a largo plazo.

Pero no fue así. Y la verdad es que, aunque Perú tiene muchas cosas que hoy faltan en nuestro país, carece de muchas otras que hoy a pesar de la crisis que nos arropa siguen vigentes en este país; solo hablaré de una, tolerancia.

Perú es un país racista, con o sin justificación, lo es. Para los peruanos el racismo ha sido y sigue siendo un problema social. No importa si usted es serrano o arequipeño, limeño o provinciano, el sentimiento de rechazo y poco acercamiento es el mismo. Pero las nacionalidades como la chilena, la venezolana y haitiana son muy mal vistas y poco toleradas en Perú.

Si aquí en Venezuela compartiéramos la tolerancia en un valor similar al de los peruanos, ya no habría chavistas ni extranjeros en este país. Porque con malos tratos a diario y rechazo permanente es imposible tener una vida tranquila.

Y esto lo digo a nivel muy personal y responsable, es general, porque el sentimiento del rechazo es practicado por la mayoría sin ningún tipo de pudor o conciencia. Yo lo viví y sentí a diario durante casi dos años. Así que, esta es una de las razones que me impulsó a regresar a Venezuela.

Tengo amistades peruanas, porque evidentemente hay personas buenas y malas en cada país. Y ese pequeño grupo de personas que me brindó apoyo, que siempre intentó hacerme sentir como en casa, definitivamente es clase aparte. Para ellos mis respetos, porque son la verdadera carta de presentación de su país. Ellos representan a esa sociedad amable y hospitalaria. Mérito a quien corresponda.

32 meses después de mi viaje al Perú, regresé para encontrarme con la muerte de mi padre, con la partida física de muchos amigos y para dar testimonio de las ruinas que hoy quedan de este país. Muchísimas cosas han cambiado, este es un país “demasiado” distinto al que tenía en el baúl de mis recuerdos.

Se que habrá personas a las que no les va a gustar lo que yo describo, pero si de algo pueden estar seguros (as) es que no soy del tipo de personas que calla para ser cómplice. Venezuela está en ruinas, si, en ruinas. Aquí la gente vive bajo la sombra de la resignación y falsas esperanzas.

Mi primera percepción del país no es buena. Y ya dirán que soy el venezolano más pesimista, pero como dije al principio, no callo para ser cómplice de falsas esperanzas sino que prefiero que me reconozcan como un odioso realista. Aquí están muy mal, que no lo reconozcan ni acepten, es un dilema de cada quien.

Parece que los venezolanos se contagiaron de la brisa socialista, todo bueno, bonito y barato. Un chiste de mal gusto que se reproduce día tras día en los últimos 15 años. Mejor dicho, en este país hasta hablar es algo malo. Nada más por decir lo que uno piensa las amenazas de descuartizamiento y el “mamaguevo” imperan como la moda del momento.

Mi entrada al país confirmó lo que ya para millones de personas es “normal”, este país es una cárcel de enormes proporciones. Aquí gobierna el fusil y las malas costumbres. Para ingresar a Venezuela por vía terrestre (No se si ocurre lo mismo por vía aérea) es prácticamente obligatorio pagar la extorsión que la fuerza armada imputa. Y quizá lo peor no es pagar sino el trato denigrante y humillante al que someten al venezolano.

Un Guardia Nacional amenazó con “deportarme” a Cúcuta porque según él, era obligatorio tener sello de entrada al país. Todavía hay gente que le causa risa este tipo de episodios, como si fuese algo normal que en tu propio país la autoridad te amenace con “deportarte”.

Regresar al país es considerado un delito. Te extorsionan por traer maletas, por traer ropa sucia, por traer ganas de trabajar. En fin, creo es la antesala para lo que luego uno se consigue en el día a día.

Las miles de anécdotas que circulan por el país lo prueban y confirman, sea porque usted no tenga a la mano la factura de los zapatos que lleva puestos o porque usted lleve algo de dinero extranjero en físico la modalidad es la misma, pague o lo deportamos (Te amenazan con deportarte siendo venezolano), pague o le fabricamos un caso en fiscalía.

Esto es Venezuela, el país donde es más “barato” callar y resignarse que sacarle la lengua a un funcionario corrupto (Bueno, son miles). Total que, para ingresar a Venezuela uno debe tener a la mano plata y tomarse previamente un antidepresivo para no morirse de impotencia, al ser víctima y cómplice de cualquier tipo de arbitrariedad.

He visto muchos “influencers” vender una imagen casi faraónica de Venezuela, creo que lo hacen buscando ganarse el dinero fácil, pero la única verdad que he visto hasta ahora es que este país está en ruinas. La infraestructura del país está en condiciones deplorables. Aquí quebraron algunos bancos, cerraron miles de comercios, los buhoneros cercaron al comercio formal, y los que sobreviven lo hacen al estilo piraña, comiéndose unos a otros.

Las calles llenas de basura y plumas de buitre adornan el panorama, las calles llenas de enormes huecos son las huellas que año tras año dejan los gobernantes de turno. Un amplio sector de la sociedad perdió masa corporal, no se cómo decirlo para no ofender a quien le caiga, pero estos 3 últimos años han deteriorado, en una magnitud sorprendente, el aspecto físico de millones de venezolanos.

Llevó casi dos semanas en mi ciudad y no he visto ni tan solo a un policía. Y estuve caminando los días más ajetreados de la navidad, en pleno centro, y no vi un solo policía. No se dónde estarán esos personajes ni qué será de aquellos que sufran un robo, pero aquí creo que no se fueron 5 sino 20 millones de personas. El país está solo, se siente un vacío tenebroso, una soledad muy parecida a lo que llaman pueblos fantasmas.

El transporte público prácticamente desapareció. El parque automotor se redujo en un 80%, usted puede cruzar de un lado a otro con la convicción de que si lo puede atropellar algo es otra persona.

No se si sea por el alto costo del combustible o si esto se deba a que las personas ya no tienen el poder adquisitivo para costear el mantenimiento de sus vehículos (Los que tienen).

Es absurdo que haya personas que digan que algunas cosas han mejorado ¿Qué ha mejorado? ¿Qué yo le cobre a usted 100 dólares por llevarlo a su casa y usted me cobre 100 dólares por leerme el futuro?

A quien se le haya ocurrido dolarizar el pais como que se le olvidó dolarizar su salario...(En serio, anotelo por ahi en su agenda).

Así funciona la economía en Venezuela. Usted baja de la mula a su vecino y su vecino lo baja de la mula a usted. Aquí lo único cierto es que el país que quedó vive de las remesas del extranjero, porque aquí, aunque circulen millones de dólares y pesos colombianos usted sigue siendo pobre. Es peligroso que el país vea normal este inmenso desastre que hoy se respira, se siente y se vive en nuestra nación.

Los sueldos de miseria que se devengan en Venezuela solo garantizan la pobreza perpetua, no importa si usted trabaja para el chavismo o para el sector privado, la ecuación es la misma.

Por ahí dicen es que la empresa “x” me paga 70 dólares mensuales, pagan bien. ¿Bien? Me disculpan pero ni ganando 250 dólares mensuales usted asegura una dieta sana, una vida tranquila y sin preocupaciones, porque en este país el costo de vida es uno de los más caros del mundo. Y está muy cerca de ser el lugar más caro del mundo para vivir.

Me disculpan, pero callar es una forma mediocre de resolver el problema. Así como lo es aceptar que tu compres una casa en 3000 USD, pero si la construyes gastas 50.000 USD. Nada de esto es normal. Y si nos alejamos al lado opuesto de lo normal el resultado es lo que hoy tenemos de país.

Está a kilómetros la falsa percepción de bienestar a la que infieren muchas personas a través de las redes sociales. Un país donde el servicio de recolección de basura ocurre 2 veces al año es para sentir miedo y vergüenza.

Un país donde prácticamente desapareció la policía es preocupante. Un país donde las escuelas se quedaron sin maestros es un país sin futuro.

Un país donde la gente se entregó por completo a la pobreza y se acostumbró a convivir con los ratones en la mesa me parece que no refleja ninguna razón para hablar de progreso ni mucho menos cuaja como ejemplo de un cambio positivo.

Me disculpan pero estamos viviendo en el fondo, justo donde los enemigos del país querían vernos.



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El mundo es mejor dejarlo como está

  Por; Ronnald Rojas   Creo que a todo el mundo le tocan días difíciles en algún momento de su vida, no son solo cosas mías. Pero a vece...