Por: Ronnald Rojas
Estuve
viviendo en Perú en los últimos 32 meses, algunos de ustedes lo sabían,
otros no. Regresé a Venezuela por múltiples razones y con las maletas
llenas de muchas emociones, cansado pero con las mejores intenciones de
hacer y dar lo mejor de mí.
Tenía tiempo imaginándome en casa,
en Venezuela, en mi país. No puedo mentir, extrañaba mucho mis raíces.
Hasta este punto pueden tildarme de sentimental o cobarde, pero a mi
edad es difícil vivir a medias, sin esa parte de ti que tiene historia,
amigos, recuerdos e infinidad de huellas estampadas en mi ser.
Mi vida en Perú estuvo marcada por muchos episodios. Este fue mi segundo
viaje al Perú, antes estuve por allá en el 2017. Y las circunstancias
eran distintas. En aquel entonces Perú era diferente, sus personas eran
amables, el país tenía una economía distinta, se veía y sentía una
recepción hospitalaria, en fin, ni de cerca parecido a lo que es
actualmente.
Esta experiencia fue dura. Mi primer año lo dediqué
a vender arepas en una esquina céntrica de Huacho. Allí conocimos
muchas personas y nos iba bien. Con esto de “bien” me refiero a que el
nivel de ingresos era mucho mejor que trabajar bajo dependencia laboral
por un salario mínimo.
El dinero rendía lo suficiente como para
castigar los gastos de alquiler y manutención de mi familia. Las ventas
se mantuvieron constantes por varios meses. No obstante como todo, la
venta ambulatoria tiene sus altibajos, días buenos y días regulares.
Pero tocaba que lidiar con la persecución y el acoso de las autoridades
municipales anti comercio ambulatorio. Así vivíamos el día a día. Entre
la incertidumbre de querer trabajar, que las ventas se mantuviesen y que
nos dejaran trabajar.
Con un año de trabajo constante, año
durante el cual se desató una ola de rechazo hacia la nacionalidad
venezolana, ya las cosas cambiaron. Es muy desagradable sentir el frío
del racismo. No se lo deseo a nadie y espero que algún día si es que
este país cambia para bien, los venezolanos no volvamos el rechazo al
extranjero una moda social.
Para colmo de males, llegó el
COVID19. Al finalizar el año 2019 se materializó la pandemia y Perú fue
un país bastante golpeado por este virus. Comenzaron las prohibiciones,
la cuarentena y el toque de queda. Muchos negocios cerraron y quebraron.
La supervivencia en medio de la pandemia se hizo viral y a millones de
personas se nos vino el mundo encima.
Sin trabajo en un país
extranjero es algo muy serio con lo que se tiene que lidiar. Por demás
está que lo diga, pero a nadie le importó que millón de venezolanos
quedará en el limbo. No hubo ayuda para los extranjeros, cada quien
resuelva sus problemas.
Las ayudas quedaron sectorizadas y
canalizas para los peruanos. Aprendí que en tiempos de crisis el egoísmo
brota a flor de piel en las sociedades.
El gobierno peruano
implementó la ayuda de asistencia económica a través de bonos a sus
ciudadanos, por supuesto, ayuda que no llegó a todos los peruanos, algo
típico en la política latina, pero que jamás tuvo la mínima intención de
extender a los extranjeros. Esta medida fue aplaudida por los peruanos
bajo el siguiente lema: “Primero los peruanos, segundo los peruanos y si
es que queda algo, también para los peruanos”.
Estuve más de un
año vendiendo golosinas en la calle. Sin temor a decirlo, porque a
decir verdad el trabajo no deshonra, pero no era lo que yo tenía
programado para mi vida. Y fueron los meses más agobiantes de mi vida.
El nivel de ingresos cayó a niveles deprimentes y frustrantes, como para
salir corriendo directo a tu país (No importa de dónde seas). Sobreviví
a duras penas para poder regresar y encontrarme con una Venezuela
desgreñaba e indigente.
Recuerdo que mi primer viaje al Perú,
aunque no fue lo mejor, me dejó todavía una imagen positiva de ese país,
por ese motivo programé una segunda temporada con la esperanza de poder
corregir las fallas que cometí en mi primer viaje y así ganar terreno,
progresar, salir adelante, tener una vida mucho más tranquila que en
Venezuela y un nivel de tranquilidad con garantías a largo plazo.
Pero no fue así. Y la verdad es que, aunque Perú tiene muchas cosas que
hoy faltan en nuestro país, carece de muchas otras que hoy a pesar de
la crisis que nos arropa siguen vigentes en este país; solo hablaré de
una, tolerancia.
Perú es un país racista, con o sin
justificación, lo es. Para los peruanos el racismo ha sido y sigue
siendo un problema social. No importa si usted es serrano o arequipeño,
limeño o provinciano, el sentimiento de rechazo y poco acercamiento es
el mismo. Pero las nacionalidades como la chilena, la venezolana y
haitiana son muy mal vistas y poco toleradas en Perú.
Si aquí en
Venezuela compartiéramos la tolerancia en un valor similar al de los
peruanos, ya no habría chavistas ni extranjeros en este país. Porque con
malos tratos a diario y rechazo permanente es imposible tener una vida
tranquila.
Y esto lo digo a nivel muy personal y responsable,
es general, porque el sentimiento del rechazo es practicado por la
mayoría sin ningún tipo de pudor o conciencia. Yo lo viví y sentí a
diario durante casi dos años. Así que, esta es una de las razones que me
impulsó a regresar a Venezuela.
Tengo amistades peruanas,
porque evidentemente hay personas buenas y malas en cada país. Y ese
pequeño grupo de personas que me brindó apoyo, que siempre intentó
hacerme sentir como en casa, definitivamente es clase aparte. Para ellos
mis respetos, porque son la verdadera carta de presentación de su país.
Ellos representan a esa sociedad amable y hospitalaria. Mérito a quien
corresponda.
32 meses después de mi viaje al Perú, regresé
para encontrarme con la muerte de mi padre, con la partida física de
muchos amigos y para dar testimonio de las ruinas que hoy quedan de este
país. Muchísimas cosas han cambiado, este es un país “demasiado”
distinto al que tenía en el baúl de mis recuerdos.
Se que habrá
personas a las que no les va a gustar lo que yo describo, pero si de
algo pueden estar seguros (as) es que no soy del tipo de personas que
calla para ser cómplice. Venezuela está en ruinas, si, en ruinas. Aquí
la gente vive bajo la sombra de la resignación y falsas esperanzas.
Mi primera percepción del país no es buena. Y ya dirán que soy el
venezolano más pesimista, pero como dije al principio, no callo para ser
cómplice de falsas esperanzas sino que prefiero que me reconozcan como
un odioso realista. Aquí están muy mal, que no lo reconozcan ni acepten,
es un dilema de cada quien.
Parece que los venezolanos se
contagiaron de la brisa socialista, todo bueno, bonito y barato. Un
chiste de mal gusto que se reproduce día tras día en los últimos 15
años. Mejor dicho, en este país hasta hablar es algo malo. Nada más por
decir lo que uno piensa las amenazas de descuartizamiento y el
“mamaguevo” imperan como la moda del momento.
Mi entrada al
país confirmó lo que ya para millones de personas es “normal”, este país
es una cárcel de enormes proporciones. Aquí gobierna el fusil y las
malas costumbres. Para ingresar a Venezuela por vía terrestre (No se si
ocurre lo mismo por vía aérea) es prácticamente obligatorio pagar la
extorsión que la fuerza armada imputa. Y quizá lo peor no es pagar sino
el trato denigrante y humillante al que someten al venezolano.
Un Guardia Nacional amenazó con “deportarme” a Cúcuta porque según él,
era obligatorio tener sello de entrada al país. Todavía hay gente que le
causa risa este tipo de episodios, como si fuese algo normal que en tu
propio país la autoridad te amenace con “deportarte”.
Regresar
al país es considerado un delito. Te extorsionan por traer maletas, por
traer ropa sucia, por traer ganas de trabajar. En fin, creo es la
antesala para lo que luego uno se consigue en el día a día.
Las
miles de anécdotas que circulan por el país lo prueban y confirman, sea
porque usted no tenga a la mano la factura de los zapatos que lleva
puestos o porque usted lleve algo de dinero extranjero en físico la
modalidad es la misma, pague o lo deportamos (Te amenazan con deportarte
siendo venezolano), pague o le fabricamos un caso en fiscalía.
Esto es Venezuela, el país donde es más “barato” callar y resignarse
que sacarle la lengua a un funcionario corrupto (Bueno, son miles).
Total que, para ingresar a Venezuela uno debe tener a la mano plata y
tomarse previamente un antidepresivo para no morirse de impotencia, al
ser víctima y cómplice de cualquier tipo de arbitrariedad.
He
visto muchos “influencers” vender una imagen casi faraónica de
Venezuela, creo que lo hacen buscando ganarse el dinero fácil, pero la
única verdad que he visto hasta ahora es que este país está en ruinas.
La infraestructura del país está en condiciones deplorables. Aquí
quebraron algunos bancos, cerraron miles de comercios, los buhoneros
cercaron al comercio formal, y los que sobreviven lo hacen al estilo
piraña, comiéndose unos a otros.
Las calles llenas de basura y
plumas de buitre adornan el panorama, las calles llenas de enormes
huecos son las huellas que año tras año dejan los gobernantes de turno.
Un amplio sector de la sociedad perdió masa corporal, no se cómo decirlo
para no ofender a quien le caiga, pero estos 3 últimos años han
deteriorado, en una magnitud sorprendente, el aspecto físico de millones
de venezolanos.
Llevó casi dos semanas en mi ciudad y no he
visto ni tan solo a un policía. Y estuve caminando los días más
ajetreados de la navidad, en pleno centro, y no vi un solo policía. No
se dónde estarán esos personajes ni qué será de aquellos que sufran un
robo, pero aquí creo que no se fueron 5 sino 20 millones de personas. El
país está solo, se siente un vacío tenebroso, una soledad muy parecida a
lo que llaman pueblos fantasmas.
El transporte público
prácticamente desapareció. El parque automotor se redujo en un 80%,
usted puede cruzar de un lado a otro con la convicción de que si lo
puede atropellar algo es otra persona.
No se si sea por el alto
costo del combustible o si esto se deba a que las personas ya no tienen
el poder adquisitivo para costear el mantenimiento de sus vehículos (Los
que tienen).
Es absurdo que haya personas que digan que algunas
cosas han mejorado ¿Qué ha mejorado? ¿Qué yo le cobre a usted 100
dólares por llevarlo a su casa y usted me cobre 100 dólares por leerme
el futuro?
A quien se le haya ocurrido dolarizar el pais como que
se le olvidó dolarizar su salario...(En serio, anotelo por ahi en su
agenda).
Así funciona la economía en Venezuela. Usted baja de la
mula a su vecino y su vecino lo baja de la mula a usted. Aquí lo único
cierto es que el país que quedó vive de las remesas del extranjero,
porque aquí, aunque circulen millones de dólares y pesos colombianos
usted sigue siendo pobre. Es peligroso que el país vea normal este
inmenso desastre que hoy se respira, se siente y se vive en nuestra
nación.
Los sueldos de miseria que se devengan en Venezuela solo
garantizan la pobreza perpetua, no importa si usted trabaja para el
chavismo o para el sector privado, la ecuación es la misma.
Por
ahí dicen es que la empresa “x” me paga 70 dólares mensuales, pagan
bien. ¿Bien? Me disculpan pero ni ganando 250 dólares mensuales usted
asegura una dieta sana, una vida tranquila y sin preocupaciones, porque
en este país el costo de vida es uno de los más caros del mundo. Y está
muy cerca de ser el lugar más caro del mundo para vivir.
Me
disculpan, pero callar es una forma mediocre de resolver el problema.
Así como lo es aceptar que tu compres una casa en 3000 USD, pero si la
construyes gastas 50.000 USD. Nada de esto es normal. Y si nos alejamos
al lado opuesto de lo normal el resultado es lo que hoy tenemos de país.
Está a kilómetros la falsa percepción de bienestar a la que
infieren muchas personas a través de las redes sociales. Un país donde
el servicio de recolección de basura ocurre 2 veces al año es para
sentir miedo y vergüenza.
Un país donde prácticamente
desapareció la policía es preocupante. Un país donde las escuelas se
quedaron sin maestros es un país sin futuro.
Un país donde la
gente se entregó por completo a la pobreza y se acostumbró a convivir
con los ratones en la mesa me parece que no refleja ninguna razón para
hablar de progreso ni mucho menos cuaja como ejemplo de un cambio
positivo.
Me disculpan pero estamos viviendo en el fondo, justo donde los enemigos del país querían vernos.
