jueves, 22 de junio de 2023

Algún día seremos extraños en nuestra propia casa

 

 

Por; Ronnald Rojas

 

Ya esto de escribir se volvió para mí una terapia. Escribir se convirtió en una especie de desahogo, de reflexión y de catarsis, sin importar quien o quienes me lean. Hoy estuve recordando a mi padre y tengo un montón de sentimientos rondando en mi cabeza.

Soy mucho más feliz desde que aprendí a expresar mis sentimientos. Reconozco que por muchos años elegí el silencio, quizás demasiados, pero hoy tengo el poder y el control de llevar mis pensamientos al papel sin pedir permiso más que a mí mismo.

Sobre todo porque intuyo que la vida se desgasta velozmente, todo pasa tan rápido. Tarde me doy cuenta de cuan trascendental es la unión de familia y el correr de la mano en el tiempo junto a nuestros seres queridos. Mi padre y yo desaprovechamos tiempo y lo lamento.

Me hubiera gustado tener la capacidad, en su momento, de dominar la comunicación como herramienta para que él  supiera quién soy. Lamentablemente se fue sin saberlo.

Han pasado casi dos años desde su fallecimiento y con el tiempo voy sintiendo más su ausencia. Es irónico que en vida fuimos gato y ratón en la eterna confrontación de no ponernos de acuerdo en nada, y ahora que no está siento la necesidad de hablar con él. 

Es que no hubo un adiós entre nosotros y eso me desespera. Lamento no haber sido más maduro que él y haber podido construir una relación armoniosa, creo que ya no hay nada que mitigue ese vació que, con su muerte quizás se profundizó más.

Yo no juzgo a mi padre (aunque en vida fuimos agua y aceite), hoy solo quiero recordarlo de la forma que fue, sin exagerar sus virtudes ni sus defectos.

Según sé, mi padre no tuvo una infancia tranquila, agradable o fácil. Su  niñez fue muy complicada, llena de carencias y, como muchos, dentro de una familia que se disolvió con la muerte de su padre.

Sé que como hijo cometí muchos errores y aunque  no puedo cambiarlos ni borrarlos, debo decir que nada de lo que hice (o de lo que no hice) fue con la intención de lastimarlo a él.

Debo confesar que si debo pedir perdón a alguien, sería a mí mismo, por las veces que toleré las faltas de respeto y la violencia sistemática que mi padre era capaz de ejercer. Así que, papá, no sé si lo hacías de forma intencional pero te perdono.

Y no me refiero a que haya sido un  padre golpeador, aunque reconozco que sí llegó a darme uno que otro “correazo”  (seguramente por merecerlo en algún momento). Más bien, la violencia que mi padre generaba dentro del hogar era del tipo encubierto, cotidiano, disfrazado de bromas, sarcasmos y mucha violencia verbal, principalmente.

Y también debo reconocer que, por la razón que haya sido, siempre estuvo presente en cada etapa de mi vida, ya sea para bien o para mal,  pero siempre te mantuvo cerca, y eso no puedo negarlo ni desconocerlo.

De mi padre aprendí que, algún día seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. Seremos un árbol que ni sombra da porque los demás de la sombra se van. Y algún día acabará el patriarcado.

Hoy lo único que nos separa es el tiempo, usted adelante y yo atrás, presiento que si algo existe luego de la muerte debe ser el reencuentro familiar. La muerte de mi padre me enseñó que, sin importar las circunstancias, tengo que pasar el mayor tiempo posible con mis hijos. Creo que ese el legado que mi papá dejó para mí.

Si bien desearía que mi padre leyera estas palabras y me abrazara sabiendo que su hijo aprendió muchísimo de su experiencia, es algo que nunca va a suceder. Espero que quien lea este post entienda que mientras estemos vivos hay tiempo para acercarnos y apoyarnos a nuestros seres queridos.

Es en vida, siendo adultos cuando reconocemos y necesitamos sanar cualquier herida por muy térmica y conflictiva que sea. Porque vivir bajo los efectos de sentimientos negativos impide sentirse en paz consigo mismo (a).

Mi padre tuvo un final muy complicado, una enfermedad oportunista se lo llevó, y me imagino que sus últimos momentos fueron muy duros para él. Sin embargo, considero que su muerte fue en vano ya que no sirvió de aprendizaje para sus hijos, fue una oportunidad de unirnos más y no sucedió.

Los padres son fuente de inspiración para sus hijos, pero esa inspiración llegó a mí a partir de su muerte.  Richard Bach, autor de una gran obra titulada “Gracias a tus Malos Padres”,   dice que por cada cosa que se ha roto, siempre se hallará una bendición… Y es cierto, ya que está comprobado que todo ser humano posee la voluntad para construir (o destruir) su propio destino.

Y yo, aunque ya no puedo levantar de la tumba a mi padre tengo la tarea de seguir siendo quien soy y seguir caminando dentro de las buenas costumbres, ser ejemplo de rectitud para mis hijos. Esta será la mejor manera de reivindicar la actitud de hijo rebelde que mantuve por tantos años sin la madurez que hoy tengo.

En ausencia de mi padre, me voy con lágrimas que sellan paz a su alma.

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