Por; Ronnald Rojas
Creo que a
todo el mundo le tocan días difíciles en algún momento de su vida, no son solo
cosas mías. Pero a veces nos vemos envueltos en una mala racha que se prolonga
por más tiempo. Y esos días son infinitos. Agotantes. Te hacen sufrir.
Tengo vértigos
existenciales desde que tengo uso de razón. Me recuerdo con 12 años, lleno de
adrenalina, de ideas y sueños, época en la que para mí fue el comienzo de días
duros, porque me tocó trabajar desde temprana edad.
A esa edad me
enteré que cada plato de comida en la mesa tiene un precio y alguien lo pagaba,
ahora me tocaba pagar a mí. Se acabaron los excesos, todo fue reducido a
niveles de austeridad, con o sin excusa tuve que salir adelante en medio de la
tormenta. Y sigo aquí.
Es mayo y a
través de la ventana veo algunas estrellas y los lejanos destellos de la
proximidad de un aguacero. Y siento como que algo de mí se rompe de tanto
pensar en cómo hacer realidad ese sueño tonto e inalcanzable de que todo el
mundo pueda vivir mejor.
Pero leo a
diario toda clase de malas noticias y me torturo tratando de creer que, eso que
llamamos Dios realmente existe, y esto lo digo sin el ánimo de faltarle al
respeto a quienes creen fervientemente en esa teoría antigua.
Dios no está en ninguna parte, nunca lo
estuvo, y doy vueltas por la habitación como un animal enjaulado, sintiéndome
un cadáver inminente rodeado de otros tantos cadáveres, un condenado, hasta que
recuerdo el consejo de mi abuelo y me pongo a encadenar ideas, buscando el
pretexto para entender por qué un Dios al que todo el mundo venera no hace nada
para evitar tantas injusticias.
Más de la
mitad de mi vida he tenido que enfrentarme al hecho de que, para salir adelante
en mi propio país tenía que acelerar y fundir mis células, dejando la puerta
abierta a la vejez, a la caída del cabello, al malestar general.
Es muy cierto
eso que dicen sobre la distancia entre el amor y el odio. Te pueden llegar a
odiar en cuestión de segundos, y eso te causa un terremoto emocional bastante
triste y molesto. Es como si nada de lo
que hiciste valió la pena.
En esta vida
hay que aprender a vivir siendo odiado o amado, vivir entre extremos. Pero
agota, desmoraliza querer sin ser correspondido, respetar si ser respetado. Es
sumamente complicado tender la mano y recibir mordidas.
A veces uno
desea el bien para otros, pero estos devuelven malos deseos e ingratitud, en
una rebeldía e inmadurez incomprensible, lo cual me obliga a pensar que es
mejor dejar el mundo como está. Porque al final, los primeros en odiarte son
aquellos a los que siempre deseaste el bien.
Los imperios
de la antigüedad caían por la falta de amor. Todo era artificial. La unión era
un negocio temporal y la lealtad se compraba. Creo que no hemos cambiado mucho.
El mundo sigue siendo lo mismo pero con diferentes personas.
Muchas
personas vivimos como en una especie de amor en silencio, en las sombras de mil
historias de camino, abriéndonos paso entre alambres de púa, tratando de que el
mañana sea distinto, pero toda lucha tiene final.
Muy tarde por
la noche, cuando la mayoría de nosotros tiene cita con la almohada, a muchos
les espera una cita con su conciencia, desde allí, todas esas emociones que
producen cambios, chocan, obligan a muchos a bajarse y mirar las consecuencias
de su actuar.
¡Hasta pronto!





